Mi boca busca sedienta tu cuello. Siento que tu respiración se acelera junto con la mia. Tus dedos se van enredando en mi pelo formando espirales. Mientras te muerdo suavemente el lóbulo de tu oreja izquierda, tú me susurras que no pare. Esta vez es mi pecho el que va en busca de tus manos y las encuentra. Siempre lo hace. Tus caricias son las culpables de que esté a punto de rozar la locura. Mis piernas se enredan en tu cintura, haciendo de mordaza. No para que no huyas, si no para que te suicides de placer conmigo. Te observo como me clavas la mirada desafiante mientras con tus manos agarras fuertemente mis muslos. Acercas despacio tu boca a mi boca dándome así algo de aliento. Poco a poco tus labios terminan por recorrer el mapa entero de mi cuerpo. Mis manos empiezan a subir por tu espalda, y la recorren despacio e ingenuamente hasta que sin darte cuenta sientes de repente como se hunden mis uñas en tu piel. Mis gemidos se clavan intensamente en cada uno de tus sentidos, mezclandose a su vez con tu respiración entrecortada. Dulce melodía del éxtasis. Un vaivén de sensasiones. Fuertes. Tus besos cada vez llegan más adentro. Siento casi como se calan en mis huesos. No dejo de gemir y de gritar tu nombre y es como si te inyectará adrenalina en el cuerpo. Entonces mis manos agarran fuerte tu pelo, como punto de apoyo; por el vértigo. Estoy apunto de caer desde tres mil metros del suelo sin paracaídas. No estoy preparada, todavía. Cada mirada, cada roce, cada beso, son litros y litros de amor inyectados en vena. No quiero bajar de las estrellas. Me gusta sentirte tan cerca. Envueltos los dos en una lluvia infinita de sudor. Caliente. Afrodisiaco. Entonces lo haces. Te atreves a decírmelo una y otra vez: "TE AMO, TE AMO, TE AMO". Pierdo completamente el control. Me siento tan tuya que es como si no tuviera vida propia. Como si tú vivieras dentro de mi. Te pido con la mirada una retirada o tiempo muerto. Y así lo haces. Poco a poco me bajas de ese cielo llamado, desde esa noche, el puto paraíso de los locos. Cierro los ojos mientras regreso al mundo real en un profundo suspiro. Tu rostro va a parar suavemente en mi pecho. Y mis brazos haciendo lo que mejor saben hacer; abrazarte. Pasamos a ser dos cuerpos agotados, casi inertes. Profundamente dormidos; quizás y solo quizás, profundamente enamorados.
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